miércoles, 11 de julio de 2012

La lección de Juan Morano

Días pasados en el Senado ha sucedido algo que me parece subrayable desde el punto
de vista político y social: un senador del PP por Castilla-León, Juan Morano, se ha
rebelado contra la disciplina de partido al votar en contra de unas resoluciones que
afectaban a los mineros de su tierra leonesa, ahora mismo en grave conflicto con el
gobierno (obviamente del PP) ¿A quién servir, a los intereses de tu partido, o a las
exigencias de tu compromiso ético con la base social de tus representados? Una
trascendente cuestión hamletiana: ser o no ser su representante... A quienes
conocemos a Morano desde treinta años atrás, nada era más previsible. El senador
leonés es un hombre de convicciones pétreas, que ha edificado su carrera política
desde la voluntad firme de encarnar las necesidades y querencias de su pueblo; ese
compromiso sacro que debe vincular al político en lo esencial, si es genuinamente
demócrata, con las aspiraciones y derechos de la comunidad representada por él en
las instituciones. Sin ese cordón umbilical, su carrera fenecerá inexorablemente, por
entender sus representados que en ello va la traición, o sencillamente
el “descopulamiento” de vínculo. Es decir, perderá su razón de ser. Así lo entendió
Cicerón ante las pretensiones de César Augusto, y optó por el exilio. Así lo comprendió
Séneca, sin ser político, y aceptó la muerte impuesta por Nerón. Otro tanto cabría
decir de Sócrates y su cicuta, pues, cuando alguien opta por la peor parte de su
compromiso de conciencia, el gesto dignifica su conducta. En la Historia abundan
conductas erradas que fueron dignificadas a partir de su decisión final; de igual
manera que nada ensucia más una biografía que la traición, o ese regateo perenne con
la verdad y la justicia que prodigan los estúpidos y desleales personajillos de la política
o del politiqueo.

Esa es la lección de Juan Morano, defender a los suyos en contra de las conveniencias
de partido. Un verdadero dilema ético: ¿estar o no estar en el compromiso? Paul
Krugman lo acaba de precisar a preguntas de Xavier Sala Martín (La Vanguardia,
8.VII. 2012, pág. 58), al referirse a un supuesto “corralito” en España, responde: “...si
un país estuviera al borde del abismo y pensara que mis palabras podían hacerlo
caer, seguramente mediría lo que escribo. No mentiría...pero quizá callaría algunas
cosas o como mínimo suavizaría mis palabras...Si finalmente ocurre eso que todos
tememos, que no es otra cosa que un colapso de Europa, no quiero ser partícipe de
ese desastre”. ¿Guarda proporción esa afirmación ética de la verdad con “la mentira
es revolucionaria” de Lenin y compañía, que llevaron incluso a manipular imágenes
y fotos al cínico Stalin? El dilema ético debería ser la letra A del abecedario político.
Quien no esté dispuesto a sacrificarse por los suyos, por el Bien Común, por el
bienestar y la justicia de su pueblo, por las exigencias inexorables del momento, por
el cumplimiento de la palabra dada y la literalidad del programa votado, etc., mejor
que opte por un burdel o se recluya en el desierto. Todo este elenco de usos, que
comúnmente atribuimos a lo que hoy se denomina “política”, es la paranoia de la
indignidad, el basurero social más oprobioso. Ya sé que este discurso puede parecer
elemental, pero sucede que se ha ensuciado la política de tal manera que se llegaron a
pervertir sus esencias, y, en consecuencia, ningún pueblo creerá en sus gobernantes, si

éstos no se casan con la verdad; y ésta empieza por la realidad y sus postulados.

Lo contrario al compromiso o dilema ético será el mangoneo, el maridaje de
conveniencias, el oportunismo desbordado, las conductas ambiguas o equívocas.
Todos conocemos esos ejemplos de indignidad en los partidos, y por lo general la
partitocracia ha optado más por ello que por el dilema ético ¿Qué es, sino, el uso
habitual en el compadreo, en la vida diaria de los partidos, en el supremo escándalo
del amiguismo o del nepotismo? Hoy ser “bailarín” en política tiene premio, al igual
que el “engaño de programa”, expresión esotérica de cinismo del alcalde-profesor
Tierno Galván, que los madrileños castizamente le perdonaron, de la misma manera
que Andalucía se divierte con las piruetas de Javier Arenas en su apolíneo escenario.
La opción de Morano ha seguido la vía de todas sus opciones políticas anteriores: la
huelga de hambre en los inicios de la Transición en León por reivindicar sus derechos
históricos de Reino frente al arbitrismo de las autonomías, su tenaz defensa de la
alcaldía de León –donde casi se eternizó-, sus defensas de la minería, sus puntos de
vista abiertamente planteados en los muchos años de Diputado en el Congreso, etc.
¿Quién podía imaginar en el aparato del partido que la reacción de Juan Morano
consistiría en abandonar la militancia del PP y defender su independencia ante el
dilema del compromiso con sus gentes?

Me gustaría conocer el día –y vivirlo- en el que los políticos de partido antepongan a la
disciplina, el compromiso, su conciencia y sus principios. Sólo así se salvará el sistema,
y la democracia volverá a ser genuinamente representativa, y la corrupción se borrará
de nuestro horizonte maldito, al que estos políticos de turiferario y vacíos de ideas
nos han conducido para desgracia de los ciudadanos. Sin esa moral de la conciencia es
imposible salirnos de la embarullada oscuridad de la crisis en la que nos han sumido los
ladrones de la economía y sus lacayos políticos.

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