miércoles, 8 de febrero de 2012

El cementerio de Perbes

No es una paráfrasis de Umberto Eco y su ídem de Praga, pero es un adiós, el cierre de una época, de una extensa e intensa parte de mi vida en la política. Era muy joven -26 años- cuando lo conocí un 9 de enero de 1970 en el restaurante Jockey de Madrid. Él salía de su peripecia ministerial herido por MATESA, la corrupción que nunca toleró. Tal vez eso explica sus últimos años de semi retiro en un pisito modesto de 90 metros ¡Seis décadas de altos cargos políticos, de oposiciones bien ganadas, de títulos abundantísimos...para acabar en 90 m! Es la metáfora de su vida, hecha de grandes empeños, de vocación política sin reposo, de lucha y sacrificios personales, de maledicencias y estigmas no siempre justificados, de volver una y otra vez a empezar ¿Cuánto no hubiere ganado de no haberse empeñado en el servicio del Estado un hombre de su talento?

Sonaban gaitas y tambores, le despedían con timbres llorosos, se cancelaba una vida intensísima mientras, con ojos húmedos, hijos y nietos trasladaban el féretro a hombros con las banderas española y gallega abrazando sus despojos. Contemplaba yo ese cortejo, tan humilde como los 90 m de su vivienda, los pies sobre la tierra húmeda del camposanto diminuto, las tumbas entornando la iglesita de graníticos muros, los cánticos a capela, la familia y sus amigos más íntimos en grave silencio. Un recóndito reposo para uno de los más grandes hombres que ha tenido la política española del siglo XX, no siempre comprendido, desmesurado en su generosidad y malversada a menudo su memoria. Era el adiós, tras el cual ya no resta sino las huellas del pasado y la memoria interpretable. Aquel ciudadano galaico, temperamental como una galerna del Cantábrico, de imposible continencia ante su objetivo, de inconmensurable inteligencia para acometer tareas imposibles...Se lo tragaba la tierra ante mis ojos y rememoraba yo sus tres años en la embajada de Londres, donde convirtió la mansión de Belgravia Square en citas impensables, en puente que unía ambas orillas del río fratricida de los españoles. “Tal vez, si yo tuviera tu edad, sería comunista”, me espetó un domingo, tras la misa y el paseo matinal por Richmond Park, frente a un ventanal del salón que regaba una tenue lluvia. Aquel hombre tan culto desbordaba humanidad en sus paseos a diario por Hyde Park después del almuerzo, enfundado en su capa española y platicando entre zancadas sobre todo lo divino y lo humano.

Llegó el postrer responso del cardenal Rouco y del Arzobispo compostelano, en medio de un prieto silencio, con la ría de Sada a no más de 300 metros, y su casa a la vera del camino en ese Perbes de las corredoiras, de las partidas de dominó, de las sardinadas a la brasa o de los baños mañaneros. Se cerró la tumba, y fui revisando los rostros, algunos lacrimosos, otros casi postrados, como Álvarez Cascos o Ruíz Gallardón, o la gravedad ensimismada de José Mª Aznar y su esposa a mi vera, o el llanto de Isabel Tocino, o los ojos húmedos de Soraya Sáenz de Santamaría, de Ana Pastor, de Ana Mato...Sonó una voz familiar que quiso dejarle la impronta postrera de un cantar de niños que tanto gustaba a Tía Amadora, su segunda madre. Algunos nos abrazamos en un clima de fraternidad póstuma. Se quedaban allí encerradas muchas vivencias, quizá demasiadas, para embridar sin temblor tantas causas y tantas remembranzas que llenaron de sentido nuestras biografías. Toda una época: “Sic transit gloriam mundi...” en un nicho modesto de un diminuto cementerio arrullado por el céfiro de la ría, el rincón de la aldea donde él quiso por reposar.

De regreso a Barcelona, el cementerio de Perbes se colgó de mi nostalgia, y un reguero de confidencias me tomaron el alma: “Yo, encuentro la paz en ese convento de clausura donde está profesa mi sobrina sevillana, de algo más de 20 años, tan guapa, tan alegre, tan cariñosa...-me confió-. Esta muchacha es mi consuelo en momentos de turbación o fatiga espiritual. La visito con cierta frecuencia y les traigo a las monjitas estos sacos de patatas de Villalba para su alimento”. Tanta ternura me pareció un broche de oro para cerrar el documental que sobre su vida produjo Morena Films, pero él se negó: “No quiero que nadie piense que utilizo a estas monjitas”. Don Manuel era así, de una pieza, probablemente irrepetible y más generoso de lo que algunos le han reconocido.

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