domingo, 26 de febrero de 2012

El calor de los cristianos. Publicado en el Osservatore Romano


   No me parece tarea fácil criticar un libro que sólo pretende ser un relato: “una crónica es una crónica”, cierto, pero hay muchas maneras de hacer una crónica de un evento tan multitudinario, con millón y medio de personajes del universo mudo desbordando plazas y calles de Madrid o saciando de gentes los espacios abiertos del aeródromo de Cuatro Vientos. Nunca mejor dicho: cuatro vientos, que la noche de la vigilia se tornaron furibundos huracanes, como si el Mal quisiera destruir aquel ingente testimonio de esperanza y juventud feliz. Lo escribió ese día el filósofo José Antonio Marina en El Mundo: “Dios no es la explicación del mal sino la rebelión contra el mal”. Aquella multitud casi bíblica bajo el sol tórrido de la mañana dominical de Cuatro Vientos proclamaba su mensaje, el del filósofo: “El bien es más poderoso que el mal”. Me estoy, obviamente, refiriendo al pleno agosto de un estío abrasador en Madrid de 2011, la enorme alegría de la Jornada Mundial de la Juventud (la JMJ) que arrancó tanta estúpida polémica en una contestataria facción de la sociedad española que todavía no ha superado sus complejos, ni ha relevado sus demonios del pasado pertrechados de un absurdo –y antidemocrático- anticlericalismo. Quienes llevamos sangre de mártires y asesinados de 1936, o del día después de 1939, no acertamos a comprender tanto rencor, tanto resabio irredento.

   Pero Arturo San Agustí, tal vez inducido por Marc Argemí, ha escrito un relato, tan personal como hermosamente subjetivo, de aquellos días de agosto que pintaron de alegría los caminos de España y las mesnadas de jóvenes peregrinos en pos de un símbolo tan desafiante hoy como la Cruz de todo sacrificio. Una evidente antítesis del hedonismo, del consumismo, de la necedad vacía de los hombres de un tiempo, que algunos, tal vez, pretenden lejos de Dios, cuando en realidad están sumidos en la confusión de su propio vacío. De ahí que San Agustín titule su relato “Un perro verde entre los jóvenes del Papa”. Es decir, una rareza entre las rarezas que proclaman su fe en Dios en el secarral de un estío casi cruento, tocados de sombreros, con mochilas y zapatillas andariegas, regando de sudores aquella canícula que fungió de luz en muchas almas juveniles. No cabe esperanza más bella que la que sonríe en los ojos de una muchacha o en la boca de todas las razas del universo atadas en la misma voz en oración o en cántico. El periodista catalán ha logrado no una crónica, sino un retablo, con sombras y luces, con coloridos varios, con caracteres de místico refugiado entre la multitud como buscando el cobijo monacal de ese silencio que es “la condición ambiental que más o mejor favorece el recogimiento, la escucha de Dios y la meditación” (pág. 21). Es la paradoja: dar con la soledad de uno en la inmensidad del océano de jóvenes en griterío. Mas, su sensibilidad probada de gran reportero da con la doblez del abuso (“Los ateos españoles tienen algo de caracol, que asoma cuando la lluvia cesa, pero al revés”, pág. 31) o con la metáfora trascendente: “A nadie le gusta que lo dejen en evidencia; y por eso la visita de Benedicto XVI indigna tanto a los indignados” (pág. 48).

   ¿Indignados? Voceros de un mensaje hipercrítico, probablemente sin alternativa, que se ve cuestionado por la fe tenaz de la muchachada que se felicita a sí misma por haber dado con el camino del éxito eterno de la realización plena en Jesucristo. Es para algunos casi una ofensa, cuando ni siquiera han percibido que este Cristianismo de la Esperanza es la alegría de quienes, como los estoicos, buscaban en la virtud la felicidad. Pero ¿aciertan a saber hoy nuestros indignados, ideológicamente noctívagos, qué cosa es la felicidad? Desde su lúcida independencia el relator de este retablo en vivo no teme decir “lo que piensa”, y lo que piensa es un alegato contra lo fácil (“Disparar contra Benedicto XVI o algún cardenal que contra otras cosas”, pág. 34). Como tampoco le importa contradecir a aquellos que se expresan, con una rareza sorprendente, que “el viaje se ha organizado en torno a la idea de la religión como espectáculo” (pág. 49).

   Está claro que Madrid fue un alambique donde se fundieron todas las sensibilidades, tan a menudo paradójicas, del cristianismo de hoy, que ya no conoce límites geográficos, ni raciales, ni culturales, pues la fe del carbonero de nuestros ancestro ha sido sustituida por el principio de necesidad interior de hallar respuestas verdaderas a problemas angustiosos de nuestra sociedad a veces escéptica hasta el paroxismo. Decíase que no cabía la Fe en un conocimiento científico, y algunas masonerías irregulares así lo postulaban, cuando en rigor los multitudinarios jóvenes de Madrid eran universitarios (“más el 50% de los peregrinos presentes en la JMJ tiene estudios universitarios –según consta en la pág. 73-. La edad media es de 22 años”. Esta es la cuestión clave del evento: más de un millón de jóvenes entusiastas, alegres y conscientes de la búsqueda de Cristo, prestos a cuestionarse su fe y sus raíces para fortalecer su razón y consistencia. Y el Papa así lo entendería entre las multitudes orantes durante el Via Crucis al anochecer, cuando el dramatismo estético andaluz o castellano aportó sus imágenes barrocas en un contexto absolutamente inusual, con el lamento de alguna que otra saeta rasgando los silencios en una declaración de dolor popular que conmovía a los jóvenes asiáticos, africanos u oceánicos. Bella estampa procesional cuestionando no pocos resabios de paganismo que algunos pretenden focalizar en la cultura árida de nuestro tiempo.

   Alguien entre los “kikos” había prenotado: “Tenemos que levantar iglesias atrevidas y valientes” (pág. 102); y qué mayor iglesia que esos ríos de de sonrisas alegres inundando el alquitrán de las calles y avenidas madrileñas en la proclamación de una religiosidad que combate con energía otras descreencias, u otros sinsabores académicos, con sus cánticos, sus andares ordenados, sus alegres veladas en colegios, escuelas, iglesias o polideportivos, con sus guitarras y sus testimonios, su unción a veces en medio del aeródromo de Cuatro Vientos. El cronista San Agustín relata del admirado Benedicto XVI ante semejante marea humana, que “sigue teniendo la mirada del niño alemán que fue y que yo sigo asociando, cosas del cine, con pantalones de cuero y con peto, valles verdes y montañas rubias” (pág. 103), de su Baviera natal, donde la creencia es también lozana y vocinglera, muy festiva cual la rubia cerveza que los monjes inventaron. Guste o no, esa cultura de los pueblos de Europa, cincelada por la mano de un cristianismo que educó los siglos del Medioevo y todos los que siguieron hasta la postmodernidad, donde ahora habitamos. Hermosura de un rostro dulce y tierno del anciano Pontífice desbordado por el esplendor de tantos jóvenes que, educados y respetuosos, veneran a sus mayores y admiran el talento de un Sumo Pontífice valiente, directo y sin miedos para reconocer nuestros pecados eclesiales y levantar el ánimo hasta recobrar el aliento de nuestra Esperanza. El calor del cristianismo es ese entusiasmo que habita el alma creyente y se expande entre la multitud ansiosa de escuchar la Palabra del Jesús de Nazareth al que ni le tembló la mano ante los mercaderes profanadores del Templo, ni la voz tronante en el Sermón de las Bienaventuranzas, un código moral y de conducta humana todavía no superado ni siquiera por aquellos que, como Nietzsche, pretendieron descomponer la unidad de la ética y de la moral para tormento del siglo XX y dolencia de no pocos intelectuales europeos.

     Navarro Valls lo expresó en cierta ocasión: “Todo Papa es un misterio”. La luz es un misterio, el sol es un misterio, la comunión de todos los cientos de miles de comulgantes es un misterio comunitario. No cabe rebaño sin pastor, ni Iglesia sin Pontífice, sin su Maestro, sin su líder que conduce a la grey a los pastos excelentes donde de nuevo el frescor del espíritu levanta la Esperanza; ese triunfo del Bien sobre el Mal que de época en época, se agazapa en las entretelas del Tiempo, o muda su configuración en un concepto eminentemente agustiniano. Pero en Madrid otra vez Benedicto XVI arrobó a los jóvenes con la profundidad y la belleza de sus ideas y pensamiento. El cronista de este retablo de vida de la JMJ, relata cómo un joven jesuita le confesó que a este Papa “se le lee mejor que se le escucha, porque lo suyo es lo pensado, muy pensado, lo meditado, lo reflexionado, lo profundo, lo trascendente, no el teatro o esa necesaria e inevitable exposición a las masas que sufren todos los líderes o jefes, porque no todo lo que se nos vende como líder lo es” (pág. 105). La postmodernidad nos ha propuesto una palinodia de líderes de medio pelo y de aspirantes a la supuesta reflexión intelectual. Mucho mantra y escasa hondura en la reflexión de lo trascendente según la Razón. Fe y Razón, ese es el combate que trasluce entre las vacilaciones de tantas generaciones que postergaron tal vez la vivencia. Sin vivencia es difícil formular la sostenibilidad de la Fe en nuestros tiempos.

   De ahí que el relato de Arturo San Agustín alcanza a ratos vivencias soberanamente bellas y surtidas, como la de aquel estudiante –Glen Patrick Caliba- de Ingeniería, de 24 años, cuando le confiesa la belleza de tanto testimonio anónimo y real: “Rezan cuando hay que rezar y son capaces de divertirse cuando hay que divertirse. Y sin faltar a nadie. Observar de cerca como ex drogadictos, parados, marginados y enfermos de sida portaban la Cruz de la JMJ me explicó muchas cosas. Entendí mejor el símbolo de la Cruz” (pág. 158). Las perlas no faltan en este texto del retablo donde tanta faz cobra vida y todo muchacho peregrino es un testigo de fe viva, que agradece la idea esperanzada de una congregación universal sin complejos y sin miedos que un día creare el profético Juan Pablo II. El comunismo no fue capaz de detener su espíritu combativo, ni el siglo XXI será óbice para consolidar el testigo de esta multitud peregrinante que se dio cita en el Madrid canicular del agosto de 2011. Como dijo el Papa, “tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de los otros” (pág. 170). Es el fruto del calor del Cristianismo: “comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer” (pág. 172) ¡¡Vaya si convencieron ese millón y medio de peregrinos!!
Manuel Milián Mestre

Libro Un perro verde entre los jóvenes del Papa. Arturo San Agustín. Ediciones Khaf, Madrid 2011. 177 páginas.

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