jueves, 17 de noviembre de 2011

Del Parnaso al Olimpo

Sigo diciendo que Mariano permanece en el Sinaí, sobre los desiertos de la incapacidad de estos tiempos sin políticos de fuste, aguardando de Yaveh Todopoderoso la ciencia de los remedios o de la Ley en forma de Tablas, soñando poder descargar su ira contra los innumerables becerros de oro de estos sucios “cajeros” del latrocinio, o de los supuestos banqueros que han diezmado la paz y el futuro de toda una generación. Rajoy ni es profeta, ni tiene vocación de milagrero. Es, eso sí, un gallego con retranca, sobrado de bonhomía, con mucho ser británico en sus venas y una sonrisa a mitad camino del humorismo cínico. Zapatero y los suyos le han fabricado una pésima herencia. Por eso se recogió sobre sí mismo, cual estatua parlante, aunque no nimbado por los rayos de la divinidad. Más o menos como los dioses que moraban en el Olimpo heleno.
Lo de Rubalcaba era el Parnaso, o el ágora donde muerde la palabra y rebusca en los textos el error, la ambigüedad, o la simple carencia, tal como los canes con su hocico entre las piedras del camino. El problema es que, ahora mismo, no hay camino, pues ¿hacia dónde vamos? ¿Quién puede aliviar nuestro pesimismo con una luz? Si ZP fuere un gobernante de la derecha, habría ya terminado como Papandreu, o como finirá Berlusconi. La diferencia está en que habitamos un país muy sufrido, tras una guerra civil cruenta y una dictadura eterna y aburrida, y el pueblo aguanta lo inaguantable hasta que se le cruzan los cables y las ideas. Para entonces ya no hay remedio: se descarría como lo hacían aquellas hordas de los años 30 del pasado siglo cuando se descontrolaban, incendiaban iglesias y conventos y daban rienda suelta a la barbarie. El pobre Zapatero emergía en sombras tras los argumentos punzantes y ya rendidos de Rubalcaba. Alguien me ha referido que en cierta ocasión Felipe González reconoció que era “el mejor segundo”. Con todo, infinitamente más que un sexta división como el cegato ZP.
El debate del lunes no me gustó, ni siquiera el presentador tan académico; ni la parafernalia del montaje, frío y absurdo; ni la estética composición del “ring” dialéctico de ambos candidatos; ni el extraño maquillaje de Rubalcaba; ni la un tanto hierática compostura de Mariano; ni el abuso del guión escrito; ni la ausencia de temas extremadamente onerosos que gravitan sobre la conciencia del ciudadano irredento y angustiado. No se habló de Europa en serio, ni de la intervención que está al caer por parte de la UE, ni de la inmigración excedentaria, ni de la nueva emigración de los jóvenes más preparados, con la consiguiente pérdida de capital humano, ni de la escandalosísima corrupción de tantos gestores públicos, de los banqueros y políticos de uno y otro bando; ni del problema territorial de España (Cataluña en primer lugar) y de sus desajustes fiscales, ni del PER andaluz, etc. Por lo tanto, ¿de qué vinimos a hablar, señores del Parnaso y del Olimpo? Todo mal y a destiempo, lo que agrava más aún la enfermedad.
El problema es otro: no existe materia prima, ni alternativa capaz de levantar el ánimo. Nuestra clase política está finiquitada porque carece de espíritu, ni ansía tenerlo. Le preocupa lo material, aquel “hacerse rico” de Zaplana, o las torpezas de ese tal Sr. Oliva que se cubre de gloria con BanCaja y después del Banco de Valencia de su ilustrísima presidencia. De ciertos políticos “liberanos Domine”, tal como, dícese, que los venecianos cantaban en las letanías de los Santos en sus templos medievales, refiriéndose a los “mercaderes catalanes”. Que nos libren los dioses del Olimpo de tantísima mediocridad como puebla las listas electorales, donde no faltan herederos de herederos, cual Papandreu, o “renovadores” de toda la vida, cuyo nombre y figura ya habitaba en los despojos de UCD, hace casi 40 años. Tan durables como nuestro invicto Caudillo, el Dictador cuya tumba algunos quieren ahora remover. Con esta tropa no llegará muy lejos. De ahí que a Aznar le asista la razón al decir que Rajoy no dispondrá ni de cien días de gracia. Obvio: si se equivoca de nombres y talentos en su primer gobierno, en un año capotará. Insisto, el problema es de hombres, no de nombres, de talentos, no de apariencias, de sabios y valientes, no de leídos y cobardones.
Esta democracia es víctima de sí misma, de su sistema de partidos que fagocita los hombres con talento para enmerdarse en la “aurea mediocritas”. Han regenerado los cacicazgos de aldea, las baronías feudales, la incuria moral de los ineptos que profesan que “lo importante es estar, no ser”. Y son tantísimos los que se amamantan a sí mismos desde el Erario Público que están ya en franco abuso. Diosecillos y ciudadanos que no olviden la sabia observación de Sófocles: “Nadie ama la vida como un hombre viejo”. Los viejos saben lo que nos jugamos: mucho más que una generación.

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