Los escándalos están, uno tras otro, sobre la mesa. Los silencios siembran alarma, por lo que no dicen, pero sí expresan en su densa opacidad. La letanía de nombres afectados, mucho más que una sospecha rancia del pasado. Las cuentas exactas, quién sabe si algún día se sabrán. Pero la monumentalidad del enigma Bárcenas no se la salta un galgo ni aún con patas de caballo. El PP ronda temerariamente el precipicio, pues desde la época de Aznar no fue capaz de echar el cerrojo a la afluencia de una serie de personas que aterrizaron en él por el señuelo del poder, huérfanos a veces de principios, siquiera de aquellos que animaron a una serie de individuos, de muy variado pelaje político y condición, pero que sustentaban un emblemático axioma que se atenía a sendas coordenadas: reconciliación nacional y reforma política del sistema anterior.
Otros adivinaron en el sistema precedente su palanca hacia el poder lisa y llanamente, sin otra mística que la continuidad sociológica en disimulo: el postfranquismo sin que lo aparentase. Eran jóvenes promesas de la matriz precedente, cachorros de familias afines que habían gozado de los cuantiosos privilegios del decenio de los 60, y cuyo futuro no les inquietó hasta los primeros jadeos terminales del dictador ¿Cómo a su edad podían renunciar a su futuro brillante por el mero hecho de ser pillados en el corte mismo del cambio político y generacional? Esa era la cuestión que les enervaba por la alta dosis de inseguridad. Con muy escasas excepciones, casi todos optaron por la aventura de UCD. Allí andaban la mayor parte de mis amigos, convictos de que Adolfo Suárez, Martín Villa, Landelino Lavilla, Leopoldo Calvo Sotelo, etc. lograrían retener, con astucia y experiencia, la llave de la puerta de ese futuro improbable, aunque presumible. A corto plazo acertaron: la idiotez de un Arias Navarro fuera de lugar y extemporáneo (¿fue el Rey el genio que se sacó de la manga ese ensayo inaudito de continuidad?), pronto capotó; y Adolfo Suárez ofreció su generosa perspectiva a los jóvenes cachorros de las familias del Régimen, dispuestos a saltar las barreras con tal de su permanencia en el poder. El atolondrado “error, inmenso error” de Ricardo de la Cierva en El País, sólo cristalizaría en el medio plazo, bastante después de la Constitución de 1978.
El problema surgió cuando los “jóvenes turcos” –así se denominaban las jóvenes promesas incipientes, ya otra generación- arremetieron contra los de siempre, diezmaron la unidad (¿?) de la UCD en el Congreso de Palma de Mallorca (1981) y despedazaron aquel sueño de Adolfo Suárez, incapaces de compartir con él su alto grado de generosidad en el cambio político. De inmediato se inició la diáspora, y, a partir de 1980, en goteo constante, emigraron a la AP de Manuel Fraga, que anhelaba componer un centro-derecha único en España, aún a costa de mancillar, o mixtificar, el puritanismo y la mística de un concepto político moral y sustancialmente distinto: lo que en UCD era ansia de poder sin apellidos, en AP era un idealismo de principios, tal vez menos arbitrarios a la hora de sustanciar una oferta electoral. Fraga venía de un fracaso previo: sus “siete magníficos”; inmenso error que postergó su éxito hasta 1982, tras una moratoria de seis años que su bisoñez paradójica no le permitió soslayar. Su segundo gran error sería acoger a este tropel de ambiciosos, tras el descalabro electoral de UCD en ese año.
El tercer error de Manuel Fraga se cifró en su peculiar manera de entender la generosidad política: los que llegaron de fuera tuvieron prioridad sobre los de casa. Así se produjo la torpeza de Hernández Mancha, tras las vacilaciones de Miguel Herrero de Miñón. Ante semejante despiste, firmé yo un artículo en La Vanguardia bajo el título de “Las prisas de Don Manuel”, que me supuso algunos años de distanciamiento y de ruptura con él. El resto ya es harto conocido: 1989, llega el triunfo de Aznar y del PP. Fue el asalto definitivo de los ex UCD y de una nueva gleba de jóvenes castellanos con claras tentaciones nacionalistas españolas. Se les conoció por el “clan de Valladolid”. Y ahí empezó el baile de escándalos con el caso Naseiro-Palop-Sanchís... Como me temía, las cosas ya no cambiaron, antes bien, sigilosamente urdieron la red de sus intereses hasta cristalizar en 2000 en una mayoría absoluta, que destrozó el espíritu fundacional del PP (aquel sueño de Reforma Democrática Española y su hijuela catalana de Reforma Democrática de Catalunya).
¿Alguien puede no percibir el hálito de mi teoría a día de hoy? Actualmente, el PP es el gobierno del espíritu de la ex UCD, con sus hombres y su nada que ver con el idealismo inicial de la “reconciliación”. En 2004 Aznar consuma el cuarto error: la elección de Mariano Rajoy como sucesor, que, ahora –según dice la prensa de Madrid- le ocasiona un “descontento con la falta de impulso del Gobierno de Rajoy y la situación de España, aún muy expuesta al rescate” (El Mundo, 7-IV-2013). Más que nunca, la otra parte del binomio fundacional urge: ¿dónde duerme la reforma imprescindible del sistema? O hay grandísima reforma, –incluso constitucional- o habrá una ruptura a destiempo, pero necesaria. Es la suma de tantos errores sucesivos, que invocan como nunca al Conde de Lampedusa, en lugar de a UCD.
Otros adivinaron en el sistema precedente su palanca hacia el poder lisa y llanamente, sin otra mística que la continuidad sociológica en disimulo: el postfranquismo sin que lo aparentase. Eran jóvenes promesas de la matriz precedente, cachorros de familias afines que habían gozado de los cuantiosos privilegios del decenio de los 60, y cuyo futuro no les inquietó hasta los primeros jadeos terminales del dictador ¿Cómo a su edad podían renunciar a su futuro brillante por el mero hecho de ser pillados en el corte mismo del cambio político y generacional? Esa era la cuestión que les enervaba por la alta dosis de inseguridad. Con muy escasas excepciones, casi todos optaron por la aventura de UCD. Allí andaban la mayor parte de mis amigos, convictos de que Adolfo Suárez, Martín Villa, Landelino Lavilla, Leopoldo Calvo Sotelo, etc. lograrían retener, con astucia y experiencia, la llave de la puerta de ese futuro improbable, aunque presumible. A corto plazo acertaron: la idiotez de un Arias Navarro fuera de lugar y extemporáneo (¿fue el Rey el genio que se sacó de la manga ese ensayo inaudito de continuidad?), pronto capotó; y Adolfo Suárez ofreció su generosa perspectiva a los jóvenes cachorros de las familias del Régimen, dispuestos a saltar las barreras con tal de su permanencia en el poder. El atolondrado “error, inmenso error” de Ricardo de la Cierva en El País, sólo cristalizaría en el medio plazo, bastante después de la Constitución de 1978.
El problema surgió cuando los “jóvenes turcos” –así se denominaban las jóvenes promesas incipientes, ya otra generación- arremetieron contra los de siempre, diezmaron la unidad (¿?) de la UCD en el Congreso de Palma de Mallorca (1981) y despedazaron aquel sueño de Adolfo Suárez, incapaces de compartir con él su alto grado de generosidad en el cambio político. De inmediato se inició la diáspora, y, a partir de 1980, en goteo constante, emigraron a la AP de Manuel Fraga, que anhelaba componer un centro-derecha único en España, aún a costa de mancillar, o mixtificar, el puritanismo y la mística de un concepto político moral y sustancialmente distinto: lo que en UCD era ansia de poder sin apellidos, en AP era un idealismo de principios, tal vez menos arbitrarios a la hora de sustanciar una oferta electoral. Fraga venía de un fracaso previo: sus “siete magníficos”; inmenso error que postergó su éxito hasta 1982, tras una moratoria de seis años que su bisoñez paradójica no le permitió soslayar. Su segundo gran error sería acoger a este tropel de ambiciosos, tras el descalabro electoral de UCD en ese año.
El tercer error de Manuel Fraga se cifró en su peculiar manera de entender la generosidad política: los que llegaron de fuera tuvieron prioridad sobre los de casa. Así se produjo la torpeza de Hernández Mancha, tras las vacilaciones de Miguel Herrero de Miñón. Ante semejante despiste, firmé yo un artículo en La Vanguardia bajo el título de “Las prisas de Don Manuel”, que me supuso algunos años de distanciamiento y de ruptura con él. El resto ya es harto conocido: 1989, llega el triunfo de Aznar y del PP. Fue el asalto definitivo de los ex UCD y de una nueva gleba de jóvenes castellanos con claras tentaciones nacionalistas españolas. Se les conoció por el “clan de Valladolid”. Y ahí empezó el baile de escándalos con el caso Naseiro-Palop-Sanchís... Como me temía, las cosas ya no cambiaron, antes bien, sigilosamente urdieron la red de sus intereses hasta cristalizar en 2000 en una mayoría absoluta, que destrozó el espíritu fundacional del PP (aquel sueño de Reforma Democrática Española y su hijuela catalana de Reforma Democrática de Catalunya).
¿Alguien puede no percibir el hálito de mi teoría a día de hoy? Actualmente, el PP es el gobierno del espíritu de la ex UCD, con sus hombres y su nada que ver con el idealismo inicial de la “reconciliación”. En 2004 Aznar consuma el cuarto error: la elección de Mariano Rajoy como sucesor, que, ahora –según dice la prensa de Madrid- le ocasiona un “descontento con la falta de impulso del Gobierno de Rajoy y la situación de España, aún muy expuesta al rescate” (El Mundo, 7-IV-2013). Más que nunca, la otra parte del binomio fundacional urge: ¿dónde duerme la reforma imprescindible del sistema? O hay grandísima reforma, –incluso constitucional- o habrá una ruptura a destiempo, pero necesaria. Es la suma de tantos errores sucesivos, que invocan como nunca al Conde de Lampedusa, en lugar de a UCD.