lunes, 2 de febrero de 2015

Sobre el esoterismo político

¿Son las cosas como aparentan o aparentan realidades distintas a las que son? Gran pregunta, crucial para el análisis de lo aparentemente verdadero. Desde los presocráticos en Grecia la cuestión se ha reiterado ad infinitum. Ni Parménides y Heráclito se pusieron de acuerdo en ello refiriéndose a las aguas del río que pasan o que son. Ni Platón con su idealismo, ni Aristóteles con su realismo cifrado en la sustancia y el accidente concluyeron los mismo desde las sombras de la caverna del primero a la evidencia sensorial y empírica del segundo. Toda la filosofía cristiana medieval participa de esta dicotomía según se atiene a San Agustín de Hipona o a Santo Tomás de Aquino. Y la polémica seguirá eternamente.
El gobierno de Rajoy ve las cosas a su manera, que tiene más, de una parte, de platónica ensoñación que de cálculo a ras de suelo, como exigían los cánones del pensamiento aristotélico y de la economía. Bastaría leerse el inicio del Tratado sobre la Política del maestro de Alejandro Magno para cerciorarse de su realismo nada galaico ni fantasioso del político pontevedrés, tan realista en su ocultamiento que no acierta a comprender cuanto sucede según la estimación de los demás ciudadanos. Mariano Rajoy anda a la greña con el “consensus generis humani” del que versan los teólogos como argumento demostrativo. Él ve lo que los demás no vemos: ni salida certificada de la crisis, ni mejoras perceptibles para los sectores más arruinados, ni perspectivas suficientes para el empleo que sigue a rastras por el suelo. La clase media sigue soportando el peso fiscal de la crisis, en tanto los millonarios multiplican sus haberes y las cuentas suizas no dejan de crecer. (¿Será cierto, como afirma un experto de la economía oculta internacional, que el dinero escondido en paraísos fiscales del mundo alcanza los 6 billones de €?). Ignoro qué parte alícuota le corresponde a la fuga de capitales españoles, pero un bocado sustancial, no cabe duda.
En este crepúsculo de la crisis se confunden las variables, se ocultan las evidencias y se plantea la política desde la perspectiva del engaño. Ni el gobierno tiene la razón suficiente –los hechos demuestran lo contrario-, ni la nueva oposición populista supera el esquema de lo demagógico. Podemos es un grupo utilitarista, que ha identificado el grado de descontento y de cabreo, pero nos conduce al engaño y la mentira. Lo que dice es cierto. Lo que propone, no sólo está lejos de la realidad política viable, sino que aboca directamente al desastre de lo imposible. Hay propuestas como el tratamiento de la deuda, o esa subvención universal de la renta mínima y general que rayan en el esoterismo político. A Podemos le puede suceder lo que en el siglo XX ha
sido el destino de los revolucionarios. Tienen al pueblo necesitado, depauperado; mas, carecen de los media para efectuar el allanamiento mental de los ciudadanos. La democracia sin duda les proporciona la vía hacia el Poder, pero los poderes fácticos le cargarán todos sus pasivos desde las tribunas y las audiencias. Quizá por esta causa en Moncloa existe el enfado con las televisiones que calcularon mal el efecto reactivo de Pablo Iglesias y sus soflamas. Alguien sin duda lo pagará, y tal vez se atengan las consecuencias a aquellos medios teóricamente –y tradicionalmente- más afines al PP y su óptica de la realidad. Ya los estrategas del PP equivocaron el análisis y sus procedimientos, porque no supieron medir el grosor de la indignación del pueblo con tanta displicencia por sus sufrimientos de ocho años de una crisis demoledora para el sistema. Probablemente la peor que España ha soportado desde la Guerra Civil.
¿Está justificada la sorpresa? Si en lugar de imponer la visión de la realidad social según su mente obtusa y galaica, hubieran apostado por la percepción de lo real, hoy no sufriríamos tal esquizofrenia política, en la que ni unos ni otros van a vencer convenciendo, sino que van a imponer sus ópticas mediante el engaño. Un engaño que el caso de los gobernantes del PP se construye en el punto de partida del análisis; y en el supuesto de la grey de Pablo Iglesias lo hará en el punto de llegada. Vender lo inviable es mentir, por más dialéctica que se ofrezca desde el marxismo y la lucha de clases. El modelo venezolano del chavismo es una arrogante tragicomedia revolucionaria que llegaría al esperpento valleinclanesco, de no mediar tanta desesperación, tal desastre económico y tanta arbitrariedad de corte castrista. Quien disponga de buena información, como es mi caso, de cuanto acaece en la Venezuela de Maduro, sabe que en la Unión Europea de hoy un modelo semejante resulta impracticable; como inviable es el propósito secesionista de Artur Mas o el que proponen tácitamente los seguidores de la vía popular de Carme Forcadell y Muriel Casals. En nuestro escenario institucional europeo la vía es otra; y en ello radica la distorsión de lo real y del apaño del idealismo. Aristóteles y Platón de nuevo ¿Acaso no se equivocó el aventurado Francis Fukuyama con su teoría del “final de la Historia” tras la caída del muro de Berlín? Ya se vió en los años 40 cómo finiquitaron sus sueños los populismos reordenadores de Europa. Lo acaba de ratificar Manuel Valls desde Francia: “No me planteo cada mañana si mi política es socialista, sino eficaz”. Un pequeño matiz que ya apuntó Norberto Bobbio en su Destra e sinistra. Nada nuevo bajo el sol.

Artículo publicado en El Punt Avui el 31 de Diciembre de 2014

lunes, 26 de enero de 2015

El paisaje después de la batalla

En la cultura de CEOE existe un aforismo que retrata la transparencia y el modo como de se hacían las cosas en los primeros lustros: “Con Cuevas no pasaba esto”. Ciertamente no pasaban tales cosas porque bien se cuidaban de que no se diera pie a una tal eventualidad. Con Cuevas ya no se daba la alternativa electoral, ni nadie osaba presentar la disyuntiva: cuando se pactaba algo, por lo común se cumplían los pactos en función del interés superior del pactante Cuevas. Si tal pacto creaba inconveniencias, sencillamente se le ignoraba y a otra cosa. Por dos veces, que yo sepa, se incumplió el pacto o la palabra: la primera, cuando Alfredo Molinas y él convinieron un compromiso de caballeros de que, llegada una determinada fecha –y edad- ambos, tal vez los reales constructores de CEOE en su origen, se jubilarían, dando paso a otra generación más joven. En 1994 según lo pactado, Alfredo Molinas (a la sazón presidente de Foment del Treball Nacional y vicepresidente de CEOE) se retiró de ambas organizaciones. José Mª Cuevas incumplió lo convenido, y perduró bastantes años más en la presidencia de CEOE hasta que la enfermedad lo jubiló, dando paso a un sucesor que ha sido todo un grave problema para la organización, el Sr. Díaz Ferrán, hoy en la cárcel.


El segundo compromiso incumplido acaeció ya con Juan Rosell como vicepresidente de CEOE y presidente de Foment del Treball ya muy adentrado en la primera década del siglo XXI. Ambos convinieron que Rosell propondrías un plan de reestructuración de CEOE, habiendo recibido el proyecto de manos del mismo Rosell, lo escondió bajo llave, tras leerlo, y ocultó su existencia, reprobándole más tarde en público que no lo había presentado. Obviamente, no le gustaron las ideas de Juan Rosell y falseó su existencia, incumpliendo flagrantemente lo pactado. Por eso digo que “con Cuevas no pasaba esto”… según aportación específica de Carlos Sánchez en El Confidencial del 18 de diciembre de 2014, el día después de la batalla electoral en Madrid y, según su apreciación, “de las puñaladas traperas en CEOE”, en cuyos resultados en estimación, “el aparato se ha vuelto a romper”. Precisamente la mía no es exactamente esa la estimación.

Artículo publicado en Via Empresa el 20 de diciembre del 2014.

jueves, 22 de enero de 2015

Agua bajo los puentes

Se rompieron los puentes entre Cataluña y Madrid en el año 2000, cuando Aznar alcanzó la mayoría absoluta. La reflexión en la intimidad sería más o menos: “¿Para qué necesito yo ahora a los catalanes?”. Lo cierto es que, a tenor de un criterio semejante, la entente cordiale Aznar-Pujol que fraguó en el Pacte del Majestic de 1996, feneció irremediablemente. Ya no le parecía imprescindible el soporte de CiU en la gobernabilidad de España, tal como venía ocurriendo, más o menos visiblemente, desde 1982 con Felipe González. La raíz de nuestras desavenencias procede de aquel entonces, como si el nuevo siglo hubiera despedazado las cuadernas de un barco en mitad de una complicada navegación. El Cid Campeador fue siempre un personaje malquerido por los catalanes, que habían sufrido su derrota en “Tévar, el pinar” según el Cantar de Mio Cid. ¿Existía la tentación de repetir la historia nueve siglos después? Jordi Pujol era un “buen vasallo”, pero no existía el “buen señor”. Castellano, sí, pero no un buen señor, como diez años después nos muestra la hecatombe de la corrupción generalizada del sistema. Quienes Aznar aupó en su partido son hoy  piedra de escándalo. Tal vez esa es la causa de su sepulcral silencio frente a la catarata de agraviantes conductas de quienes él eligió. En verdad, si nos atenemos a las cuentas evangélicas, no había “un buen señor”, ya que “por sus frutos les conoceréis” (Evangelios). ¿Habrá que enumerar la nómina de las conductas impropias de sus elegidos, empezando por Villalonga y Blesa, compañeros de pupitre, y acabando por Bárcenas, o ese Rato que Aznar malversó, postergándolo ante Rajoy por extrañas razones que sólo él conoce?
Hoy vivimos las consecuencias de un Aznarato, según Vázquez Montalbán, que acabó malamente, tras su acceso cidiano cual recurso expeditivo, y el desastre del atentado –aún peor explicado- de marzo de 2004. Ni reflejos hubo aquel día que a mi me llevó a manifestarme por primera vez en el Pº de Gracia. Ni la evidencia fue estimada por un Acebes, Ministro del Interior desconcertado. Quisieron ver fantasmas vascos donde había asesinos yihadistas. Un desenfoque tan cierto como el que se viene prodigando con Cataluña. Quienes gozan de un privilegio fiscal único (¡a eso se le denomina España simétrica!) pretenden excluir la simple tentación, o derecho, de quien si fue nación en otros siglos y se siente distinta. Es el fet diferencial, que ni la Constitución, ni quienes la utilizan argumentalmente quieren reconocer. De ahí la “qüestió catalana” de los años 50 del siglo XIX y, tardíamente, del último mandato de Artur Mas. Se rompieron los puentes, tal vez en aquel encuentro secreto con Jordi Pujol en la finca albaceteña. Toda química quedó hecha añicos entre ambos personajes, aunque meses antes Aznar había volado por su cuenta su cabeza de puente en la colaboración discreta de largos lustros. Era su particular sensibilidad cidiana. Luego llegaron los desaires, como el menosprecio de “las chapitas” y otras cosas más que engordaron las urnas de votos de ERC.
La “qüestió catalana” subsiste, y el mea culpa de Aznar es un silencio atronador, que ni siquiera el Tancredismo de Rajoy puede atenuar. Los puentes se rompieron en el 2000, sus ruinas se demolieron en 2011, pero el rio sigue su curso con las aguas discurriendo bajo sus desechos. Llegados a una tal evidencia algo habría que hacer para evitar males mayores. La Constitución no puede ser ni obstáculo, ni argumento. Reformar es la consigna del sabio hasta el límite de lo posible, pues el malestar se expande por unas Castillas egocéntricas y ciegas, y el cansancio es mal consejero en el final de un proceso emocional y empecinado. Si el rio persevera en su curso, con mucho más caudal, no parece prudente mantener los puentes en ruinas. Pontifex era el constructor de puentes. ¿Quién será el pontífice capaz de levantar los arcos que retomen el paso del camino para vadear las aguas turbulentas? El mundo económico catalán da señales inequívocas de fatiga. Que no se equivoquen ni los gobernantes pertinaces, ni los galleguistas pasotas de Madrid. Claro que, para arreglar las cosas, quizá esté de más algún catalán que habita las merindades de Don Mariano. Las aguas siguen su curso a pesar de los puentes demolidos.       
Article publicat a El Mundo el 15 de desembre de 2014


martes, 20 de enero de 2015

Los experimentos con gaseosa

El día 4 del corriente mes de diciembre los empresarios catalanes se dieron cita en Fomento del Trabajo Nacional para votar la nueva Junta Directiva. Algo reglamentario cada cuatro años. En diciembre de 2010 fue elegido Presidente de CEOE Juan Rosell, previamente reelegido presidente de Fomento, tras un pugilato pretencioso con el candidato Boixareu. No hubo color: le barrió en las urnas. Quedaba claro, una vez más, que las organizaciones empresariales nada tienen en común con los partidos políticos. Lo avisé en un artículo en AVUI, puesto que era evidente el interés oculto de CiU en la candidatura de Boixareu. Otra eterna canción del nacionalismo catalán  por conquistar una institución patronal como Foment del Treball Nacional, que desde 1771, fecha de su creación a partir de la Junta de Fábricas, y después la Comisión de Fábricas, es la institución por excelencia del mundo económico catalán y de su burguesía industrial. Pocas instituciones han perdurado tanto en el tiempo, ni han preservado tan rabiosamente su independencia. Si Fomento, que perduró como institución de cultura empresarial durante el franquismo –lo que hay que agradecerle a su en su día presidente D. Miguel Mateu Pla-, cayera en algún momento en manos de un grupo o partido político, no cabe duda alguna que dejaría de ser lo que es. Todo partido tiende a instrumentalizar, condicionar y mediatizar la organización según otros intereses que le son ajenos. Una patronal es un lobby de intereses, la defensa de la libertad económica y de mercado, a menudo el conflicto directo con los postulados políticos de partido. Mañana lo será sin duda contra Podemos, si gana unas elecciones, y hoy no puede concordar con Artur Mas y su sueño independentista, pues en algunos casos crearía un riesgo cierto para muchas empresas que podrían perder más del 50% de su mercado ¿Qué empresario asumiría semejante experimento a cuenta de su hipotético cierre?
     La tentación de CiU ha sido perenne en este sentido; ha tratado en determinados momentos de controlar la patronal catalana, aún a costa del mal ejemplo que ha resultado ser CONFEBASK, cuya virtualidad representativa empresarial ha quedado bajo el control del PNV, un partido hasta hoy hegemónico en el País Vasco. El nacionalismo catalán desde la Transición trata de dominar Foment del Treball, La Caixa y el Barça. Tres instituciones fundamentales de la sociedad catalana. Por ahora ha fracasado en sus intentos, aunque el pujolismo a punto estuvo de dominar el Barcelona Club de Fútbol de la mano de Joan Laporta como presidente. No es así en este momento, ni tampoco La Caixa, que ha tomado un nuevo derrotero decididamente al margen del soberanismo. De ahí la sorpresa electoral en Foment del Treball: casi todos daban por hecho que la ambiciosa patronal de Terrassa CECOT buscaría el asalto a Foment, a la vista de los movimientos de Antoni Abad y su exhibición en la convocatoria social-económica y política de la reciente cena empresarial en Barcelona el 3 de noviembre pasado. Casi mil personas –la mayoría del ámbito nacionalista- le apoyaron en su iniciativa, Artur Mas incluido y ambas lideresas sociales del movimiento secesionista, Muriel Casals (presidenta del Omnium Cultural) y la Sra. Forcadell (presidenta de la Asamblea Nacional de Catalunya). El soberanismo en pleno, incluido el confuso presidente de CONFEBASK, tras la sombra del challenger frente a Juan Rosell en CEOE, el aspirante Garamendi.
      Precisamente esta ha sido la primera de las sorpresas: Antoni Abad, declarado soberanista, no ha librado batalla contra Joaquín Gay de Montellá, que ha visto diluirse cualquier alternativa. Obviamente, no resulta de gran comodidad su silla presidencial, tal como están los tiempos políticos y la crisis en Catalunya. Gay ha vivido un primer mandato harto complicado, con pasos peligrosos y posicionamientos no siempre fáciles ni cómodos. Pero ha mostrado una sagacidad notable, una prudencia sabia y un juego de timón auténticamente inteligente. Ni el barco embarrancó, ni se le fue contra el acantilado; y es evidente que Artur Mas ha puesto las cosas difíciles para el mundo económico y empresarial catalán. Toda una prueba de fuego, que no ha finiquitado todavía; queda mucho camino por andar. Sin embargo, la reñida elección para los puestos de la Junta Directiva de Foment del Treball ha venido a demostrar que existía una lucha interna por los puestos, más de la que cabía esperar no habiéndose dado una candidatura alternativa. Precisamente esta tensión interna llevó a una premiosa sesión de voto y recuento que, finalmente, dejó fuera de lugar a no pocos candidatos. En consecuencia, en el resultado de la votación se trasladó la curiosa evidencia de que el soberanismo carece, hoy por hoy, de encarnadura suficiente en el mundo empresarial de las organizaciones patronales de Catalunya. Sectoriales y territoriales dejaron su lección en los votos: moderación, equilibrio y soberanismo muy contenido en la lista finalmente resultante de la votación. Creo que Antoni Abad acertó con su prudencia y su cautela al no haber apostado por la presidencia. Una lección que Artur Mas, Junqueras y los movilizadores sociales no pueden ignorar, ya que hoy la política –y el gobierno- poseen una componente más económica que de pensamiento político. Y que experimentos, con Podemos en la antesala, los menos. En todo caso, como decía Eugeni D’Ors, “los experimentos, con gaseosa”. Esa ha sido la lección de Foment del Treball Nacional: gaseosa, no cava.

Publicat a Via Empresa el 13 de desembre de 2014

viernes, 16 de enero de 2015

La tentación hegemónica

Mi amigo Toni Puigverd, cuyas atinadas y sutiles reflexiones se destilan a menudo en artículos periodísticos, italianiza su discurso analítico y en mucho escolástico. Me complace particularmente cuando eleva el tono de ese sucinto ensayo que él domina como pocos, y se sirve del discurso oral, minucioso y prolongado. Es entonces cuando se desborda esa fluencia analítica llena de matices, de concordancias y discordancias con el exagerado caudal de maniobras dialécticas que inunda los media catalanes e invade el espacio público. Cuando la polémica resulta torrencial e invasora de lo privado uno empieza a sospechar que se está abusando de la libertad de pensar en singular; se le está, de alguna manera, agrediendo. De ahí que me plazca especialmente el incontaminado discurso, tímido y susurrante, de Antoni Puigverd, uno de los intelectuales más dotados y clarividentes hoy en Catalunya. Lejos del clamor de una Girona decantada al dret a decidir, lo suyo es la dignidad del individuo pensante, un monumento a la racionalidad aristotélica, que rehúye, incluso, las exigencias éticas a priori, de claras reminiscencias platónicas.
 Un fin de semana de convivencia  lluviosa en el alcor de Morella, me ha bastado para cerciorarme de la frondosidad de matices, de la hondura de sus proyecciones políticas, y de su estoica soledad gerundense, casi un ejercicio monacal. No es intelectual de herir con palabras; ni suenan a venablos sus expresiones de una terrenidad que nos devuelve a Josep Pla redivivo. Hay mucha carne, sustancia pura en sus vericuetos del “Laberint català”. Su franqueza expositoria enriquece aún más las palabras que utiliza con la misma precisión de un cirujano con el bisturí. A pocos he oído –Juan José López Burniol entre las excepciones- un discurso tan esclarecedor del dialéctico combate de la cuestión catalana, hoy el reto máximo, junto a Podemos, de la realidad crujiente española. Sin lugar a dudas, aunque en el Madrid mesetario quieran ignorarlo, hoy Catalunya es un desafío en toda regla hacia fuera (España castellanizada) y hacia dentro (Artur Mas y su aventura equinoccial hacia una Ítaca de improbable verosimilitud). El problema es casi idéntico al de la Guerra del Peloponeso en la antigüedad clásica: atenienses cultos y respetuosos con la individualidad destrozados por la fuerza atlética y bruta de los espartanos. El triunfo de la Fuerza sobre la Razón.
  ¿Andamos en ello? Artur Mas sigue ensayando fórmulas de agitación emocional hacia un objetivo libertario. Atenas en este caso, puesto que su cerebro -y  el de sus deudores-, no cesa de buscar argucias y de acumular argumentos sobre cada hipótesis, o cada coyuntura. Por el contrario, el enjambre de intereses uniformistas, esa élite de oligarcas mamones del Presupuesto Nacional del Estado no saben de sutilezas, sino de mandobles con la Constitución en la mano. Su arma es la Ley roqueña, inalterable y dogmática. Es una ley que habita en la perfección esencial y universal del Hiperuranio de Platón, y quien la viole debe ser sometido a galeras. Es la Esparta del combate y de la fuerza  de los hombres. Nada que ver con la Razón ateniense, con el respeto a la soberanía de las minorías, con atender las razones ajenas y asignar a la conflictualidad dosis de diálogo y de centrismo, siguiendo la pauta del Liceo: “En medio está la virtud”. Queda claro que un Mariano Rajoy indolente, inapetente, y Dios sabe si no acomodaticio a la potencia del “palco del Bernabéu”, (hoy la élite de buena parte de nuestras desgracias) es un remedo de aquel viejo pasotismo borbónico del “estar en Babia”, predio en el que holgazaneaban los reyes de nuestra decadencia común.
 ¿Es Rajoy consciente de a dónde nos conduce su escandalosa inapetencia? Tal vez le convendría leer los descalificativos términos con que Azaña liquida la tristísima memoria de su paisano Portela Valladares, el peor primer ministro de la IIª república, gallego como él, Registrador de la Propiedad como él, Tancredo como él. Algún día la Historia le echará en cara el uso equivocado del Tiempo. Su pereza supina en arrostrar las situaciones, su modo de “matar” a sus competidores, adversarios y enemigos. Él cristaliza, con la sonrisa y el puro, aquella sentencia espartana de José Mª Aznar, quintaesencia del castellanismo ¿Para qué respetar las minorías si tengo ya todo el Poder? Aquella tentación hegemónica, Aznar la cifraría en una expresión que le oí de su boca: “Quien me echa un pulso, lo pierde”. Esparta en esencia ¿Habrán aprendido estos castellanos el poder de la hegemonía, en su sentido gramsciano? ¿Estarán dogmatizando el cinismo como arma espartana? Si eso es así, a los atenienses catalanes, nada dados a la fuerza y sólo al comercio y el mercado, les amenaza una exclusiva alternativa, de no apelar al tercerismo y al pactismo: el estoicismo como virtud imprescindible para asumir el sufrimiento o la resignación ¿Volveremos a la Historia, o esta vez va en serio? ¿Cuál será la hegemonía triunfante: la de los cínicos oligarcas o la de los mercaderes inflexibles del “jugador de póker” –según Toni Puigverd-, el President Mas? Quizá habrá que atarse al palo mayor, como Ulises para no dejarse arrastrar por el canto de las sirenas…

Artículo publicado el 3 de diciembre en El Punt Avui

lunes, 12 de enero de 2015

El alma perdida

Hace ya más de dos años que vengo repitiendo hasta la saciedad que el PP acabará, al igual que UCD en su día, en un descalabro electoral, y por implosión. Es la lógica la que me prescribe esta conclusión, lejos de la desafección que siento desde el año 2000 cuando, reinando Aznar, dije adiós al partido que yo mismo –con Fraga y una decena de amigos- había fundado. Ya avisé en una entrevista que me hizo Ramón Pedrós en Cinco Días, si no recuerdo mal, que sólo “mi afección al partido, me impedía decir ciertas cosas que están pasando”. Hoy, catorce años después, la realidad me da la razón. A Jordi Évole le confesé, dos años atrás, que ante el perjuicio de la “aurea mediocritas” en el PP, era inevitable una urgente regeneración, pues, de lo contrario, aparecería una alternativa. La dicha alternativa, errada en mi opinión, ya llegó: ¡”Podemos”! El desafío, como documentan las últimas encuestas de El País (2 de noviembre), del CEO (última semana de octubre), de CIS, todavía no publicada por misteriosos retrasos “de cocina” probablemente, ya está servido en la mesa de los partidos históricos, aquellos que alternan su bipartidismo en una perfecta cadencia de neofeudalismo instalado en esta democracia esquilmada por la corrupción.
       He ahí el problema, la piedra del tropiezo: corrupción, latrocinio administrativo, acunamiento de víboras y termitas que han acabado con cajas e instituciones públicas, escaleras hacia el poder de los más incompetentes de la panda, enchufismo y nepotismo por doquier, caciques de campanario –como decía Ortega y Gasset- y del partido, etc., etc. Como ni la sabiduría, ni la prudencia, están hechas para los necios, el desconcierto colosal de la política nos ha conducido al general desengaño y a la indignación de quienes de verdad se la juegan: empresarios y trabajadores. O se acaba con esta clase política de memos, o ella acaba con nosotros, con Constitución o sin ella. La ceguera del actual gobierno de Rajoy es de tal calibre que el tanatorio es su destino… y el de su partido, un barco a la deriva superpoblado, cual patera africana, de un ejército de oportunistas, cuya única religión es el Poder por el Poder, salvo heroicas excepciones en Euskadi y Catalunya. Es decir, la vía máxima hacia el enriquecimiento y la corrupción, que la escasamente brillante Cospedal ahora dice no saber cómo atajar: “El PP ha hecho lo que podía”. (Alabado sea Dios, ¿tampoco ella cree en Dios?).
   Los demoledores del PP vienen de lejos, de cuando su fundador oficial –y hoy silenciado- dejó el timón a José Mª Aznar, pero con más precisión a partir de su triunfo electoral de 1996, cuyas rentas de una excelente gobernación le aportaron aquella primera mayoría absoluta del 2000, que supuso el cabalgar de nuevo el caballo del Cid y desenfundar el nacionalismo español que con él llegaba desde la meseta vallisoletana. Nunca compartí sus ideas, porque jamás entendieron la visión de Catalunya que yo tenía. De aquellos polvos, hay estos lodos, que empañarían la convivencia nacional  de las Españas (Santiago Muñoz Machado, Cataluña y las demás Españas, recientemente editado) con evidente ignorancia de lo que sucede aquende el río Ebro. El gran divorcio cristaliza en el año 2000, cuando los catalanes ya no eran necesarios para gobernar en mayoría. Lo que viene después son sólo consecuencias: un dedazo harto equivocado de Aznar designando a Rajoy por su actitud frente a los nacionalismos, según propia confesión en el último volumen de Memorias;  el eterno brujo Arriola instalando sus estrategias en función del electoralismo sin más principios; el desnudar sistemático de valores al PP postaznarista; el cursus honorum de los mediocres al asalto de todos los escalones de Poder interno del partido; la floración de amoralidades personales a causa de haber licenciado la Ética como principio axiomático de conducta privada y pública; la implacable eliminación de las referencias personales con la exclusión de todo crítico o de todo histórico, etc., etc. Conclusión: en tales causas hay que buscar el origen de la corrupción instalada. Porque cuando una formación política, o un colectivo sano, adolece del alma originaria resulta mucho más fácil perecer a la tentación. La corrupción es la consecuencia de los sin – alma, de los corruptibles, de los sin-ley moral que limite el poder. Y, desde luego, el pecador no puede ser su propio redentor, al igual que el delincuente no puede legislar sobre la delincuencia. Esta deslegitimado. Piénsenlo…

Artículo publicado el 5 de noviembre en El Punt Avui

domingo, 11 de enero de 2015

¡Cava, por favor!

      Entre las muchas necedades que en los últimos tiempos se han proferido en Catalunya y sobre Catalunya, una me ha llamado poderosamente la atención, la que Raúl del Pozo califica de “La traición del cava” en su columna de El Mundo del 2 de diciembre. Parece una prueba irrefutable de la enorme ceguera de algunos políticos, que por causas digamos “desconocidas” se tiran las piedras sobre su propio tejado. Hartos ya de amenazas de boicot al cava catalán como símbolo de un rechazo a Catalunya en el pasado –y que tuvo sus consecuencias en las cuentas de las bodegas-, sólo nos faltaba en medio del barullo político catalán-español, que una diputada de CiU en el Parlament, Elena Ribera, se descolgara con tan suicida propuesta ante la supuesta ofensa de un anuncio publicitario de la firma Freixenet: David Bisbal y María Valverde  se desean en un brindis “100 años juntos”. Y he ahí la bicha de la comedia: ¡Sacrilegio de querer 100 años de convivencia y paz! ¿Acaso el cava sirve para celebrar las derrotas y los desastres, aunque se retrotraigan a 1714?
      Doña Elena ciertamente se salió de madre; su patriotismo no da para matizar el “primus vivere, diende philosophare”. Ella pretende filosofar sin vivir. Ya tiene de qué comer con el sueldo parlamentario ¿Le importarán las 700.000 personas con problemas de subsistencia en Catalunya, o es más importante la “liberación” de la patria, tal como el senador Cleries acostumbra a invocar ante el Tancredo de Rajoy en el Senado? Quién sabe si los champañistas franceses no vayan a subvencionar campañas  que motiven tales reacciones de políticos, aunque, a decir verdad, Hollande y Manuel Valls en El Elíseo han dejado muy clara sus posiciones democráticas frente al soberanismo catalán ¿Es que el Sr. José Luís Bosch, presidente de Freixenet, es menos catalán que la diputada Elena Ribera? ¿Acaso, arruinando nuestras empresas, levantaremos la independencia de Catalunya? Eso es algo que hasta el general Joan Prim i Prats entendió y defendió en el siglo XIX ante el Parlamento Español en un discurso inmortal de 1881. Le llamaron españolista –hoy unionista- y vaya alegato que soltó en defensa de las empresas catalanas, de los derechos de Catalunya y de la necesaria concertación o entendimiento. Eso es lo que hizo Jaume Balmes con sus libros y desde su revista La sociedad, de tal modo que Bonaventura Carles Aribau –el de La oda a la patria- que oficiaba en Madrid de lobbysta del empresariado catalán y su burguesía, trató de fichar a la mismísimo Balmes para defender el proteccionismo y la causa empresarial catalana frente a los intentos de Inglaterra por romper el control arancelario español  con apoyos notables de los partidos agraristas castellanos, y las endoctrinaciones del célebre economista británico Cobden que manufacturaron a España para que dirigiera el contraataque a los intereses anti-librecambistas de los empresarios catalanes. Eso es lo que en artículos memorables Josep Pla trató de explicar en 1943 desde las páginas de la revista Destino, ya que algunos no parecían entender las razones profundamente catalanistas de Balmes entre argumentos, y temores, acerca del poder invasivo y destructivo de la industria británica en el siglo XIX.
      Yo no sé, pero me parece que algunos no razonan bien, ni rectamente, cuando asumen el papel desdichado de los anti catalanes castellanistas so pretexto de no sé qué traición pueda suponer una publicidad de una marca catalana de cava que busca penetrar los mercados españoles y del mundo. Yo añadiré a ello mi propia experiencia internacional, por si acaso la diputada Elena Ribera no se ha enterado, de que Freixenet ya triunfaba en 1982 y 1983 en USA con su cava. Habitual asistente a los conciertos semanales en el Kennedy Center de Washington DC, en los intermedios podía  consumir ya entonces dos caldos catalanes, como tantos norteamericanos: el cava de Freixenet y el vino de Torres (por cierto no veía el Codorniu, de Raventós) ¿No es tirarse la roca sobre el propio tejado boicotear marcas acreditadísimas internacionalmente, cuando constituyen la base de una buena parte de la economía y el prestigio catalán en el mundo? Por añadir datos al tema de la estupidez discriminatoria, en los años 1973-74 y 75 yo mismo me ocupaba de formalizar contratos de adquisición de cajas, muchas cajas, de cava Codorniu para la Embajada de Londres por expreso deseo del embajador Fraga. O, en los años 90 hacía lo propio con embutidos de Vich y cava catalán para la Embajada ante el Vaticano en Roma, por expresa voluntad del gran embajador Carlos Abella y su muy distinguida esposa –un genio de las Relaciones Públicas-, Pillar de Arístegui, escritora y pintora por otra parte. Gracias a esos españolísimos embajadores de Catalunya tuvo un escaparate soberbio para los vinos y embutidos catalanes en Europa ¿Vale la pena deteriorar esa hilazón por una causa estrictamente política, que, por otra parte, necesitará vivir gracias a esos productos, esas empresas catalanísimas, esos impuestos que en tan elevada cuantía satisfacen al Fisco?
      Entiendo que la mediocridad y la ceguera de determinados políticos los debiera aconsejar, primero, el estudio de la Filosofía y, en particular de la Lógica; de lo contrario no les dará la política ni para comer. Y en las cosas del comer no se juega, Sra. Diputada.

Article publicat a Via Empresa el 5 de desembre de 2014