miércoles, 10 de abril de 2013

Los cuatro errores del PP


Los escándalos están, uno tras otro, sobre la mesa. Los silencios siembran alarma, por lo que no dicen, pero sí expresan en su densa opacidad. La letanía de nombres afectados, mucho más que una sospecha rancia del pasado. Las cuentas exactas, quién sabe si algún día se sabrán. Pero la monumentalidad del enigma Bárcenas no se la salta un galgo ni aún con patas de caballo. El PP ronda temerariamente el precipicio, pues desde la época de Aznar no fue capaz de echar el cerrojo a la afluencia de una serie de personas que aterrizaron en él por el señuelo del poder, huérfanos a veces de principios, siquiera de aquellos que animaron a una serie de individuos, de muy variado pelaje político y condición, pero que sustentaban un emblemático axioma que se atenía a sendas coordenadas: reconciliación nacional y reforma política del sistema anterior.

Otros adivinaron en el sistema precedente su palanca hacia el poder lisa y llanamente, sin otra mística que la continuidad sociológica en disimulo: el postfranquismo sin que lo aparentase. Eran jóvenes promesas de la matriz precedente, cachorros de familias afines que habían gozado de los cuantiosos privilegios del decenio de los 60, y cuyo futuro no les inquietó hasta los primeros jadeos terminales del dictador ¿Cómo a su edad podían renunciar a su futuro brillante por el mero hecho de ser pillados en el corte mismo del cambio político y generacional? Esa era la cuestión que les enervaba por la alta dosis de inseguridad. Con muy escasas excepciones, casi todos optaron por la aventura de UCD. Allí andaban la mayor parte de mis amigos, convictos de que Adolfo Suárez, Martín Villa, Landelino Lavilla, Leopoldo Calvo Sotelo, etc. lograrían retener, con astucia y experiencia, la llave de la puerta de ese futuro improbable, aunque presumible. A corto plazo acertaron: la idiotez de un Arias Navarro fuera de lugar y extemporáneo (¿fue el Rey el genio que se sacó de la manga ese ensayo inaudito de continuidad?), pronto capotó; y Adolfo Suárez ofreció su generosa perspectiva a los jóvenes cachorros de las familias del Régimen, dispuestos a saltar las barreras con tal de su permanencia en el poder. El atolondrado “error, inmenso error” de Ricardo de la Cierva en El País, sólo cristalizaría en el medio plazo, bastante después de la Constitución de 1978.

El problema surgió cuando los “jóvenes turcos” –así se denominaban las jóvenes promesas incipientes, ya otra generación- arremetieron contra los de siempre, diezmaron la unidad (¿?) de la UCD en el Congreso de Palma de Mallorca (1981) y despedazaron aquel sueño de Adolfo Suárez, incapaces de compartir con él su alto grado de generosidad en el cambio político. De inmediato se inició la diáspora, y, a partir de 1980, en goteo constante, emigraron a la AP de Manuel Fraga, que anhelaba componer un centro-derecha único en España, aún a costa de mancillar, o mixtificar, el puritanismo y la mística de un concepto político moral y sustancialmente distinto: lo que en UCD era ansia de poder sin apellidos, en AP era un idealismo de principios, tal vez menos arbitrarios a la hora de sustanciar una oferta electoral. Fraga venía de un fracaso previo: sus “siete magníficos”; inmenso error que postergó su éxito hasta 1982, tras una moratoria de seis años que su bisoñez paradójica no le permitió soslayar. Su segundo gran error sería acoger a este tropel de ambiciosos, tras el descalabro electoral de UCD en ese año.

El tercer error de Manuel Fraga se cifró en su peculiar manera de entender la generosidad política: los que llegaron de fuera tuvieron prioridad sobre los de casa. Así se produjo la torpeza de Hernández Mancha, tras las vacilaciones de Miguel Herrero de Miñón. Ante semejante despiste, firmé yo un artículo en La Vanguardia bajo el título de “Las prisas de Don Manuel”, que me supuso algunos años de distanciamiento y de ruptura con él. El resto ya es harto conocido: 1989, llega el triunfo de Aznar y del PP. Fue el asalto definitivo de los ex UCD y de una nueva gleba de jóvenes castellanos con claras tentaciones nacionalistas españolas. Se les conoció por el “clan de Valladolid”. Y ahí empezó el baile de escándalos con el caso Naseiro-Palop-Sanchís... Como me temía, las cosas ya no cambiaron, antes bien, sigilosamente urdieron la red de sus intereses hasta cristalizar en 2000 en una mayoría absoluta, que destrozó el espíritu fundacional del PP (aquel sueño de Reforma Democrática Española y su hijuela catalana de Reforma Democrática de Catalunya).

¿Alguien puede no percibir el hálito de mi teoría a día de hoy? Actualmente, el PP es el gobierno del espíritu de la ex UCD, con sus hombres y su nada que ver con el idealismo inicial de la “reconciliación”. En 2004 Aznar consuma el cuarto error: la elección de Mariano Rajoy como sucesor, que, ahora –según dice la prensa de Madrid- le ocasiona un “descontento con la falta de impulso del Gobierno de Rajoy y la situación de España, aún muy expuesta al rescate” (El Mundo, 7-IV-2013). Más que nunca, la otra parte del binomio fundacional urge: ¿dónde duerme la reforma imprescindible del sistema? O hay grandísima reforma, –incluso constitucional- o habrá una ruptura a destiempo, pero necesaria. Es la suma de tantos errores sucesivos, que invocan como nunca al Conde de Lampedusa, en lugar de a UCD.

viernes, 22 de marzo de 2013

El símbolo y la orfandad


Son tantas las cosas que se nos echan encima a diario que, hoy más que nunca, es fácil perder la perspectiva del tiempo. Los antiguos medían el tiempo con otra dimensión: los límites lo establecían los grandes acontecimientos, no necesariamente el reloj de las horas y los días, de modo que distinguían entre el tempus historicus (ciclos de larga duración, a veces de varios siglos) y el tempus politicus (de corta duración, más afecto a los acontecimientos de un ciclo menor). El uno estaba inserto en el otro, de igual manera que la táctica es un corte temporal, o espacial, de una proyección a más largo término, o de una mayor dimensión, que conocemos como estrategia. Una táctica que no se connote en el seno de una estrategia puede ser un desconcertante error; del mismo modo que el tempus historicus determina de alguna manera el tempus politicus, que transcurren sus avatares en el vientre del ciclo mayor. San Agustín de Hipona dominó esa doble perspectiva del relativismo cortoplacista en el seno de una perspectiva histórica de largo alcance. Hay en él mucho platonismo, como aristotelismo se afana en Santo Tomás de Aquino, el de la monumental Summa Theologica. El primero se circunscribe a la definición de doctrinas perennes en una coyuntura histórica de decadencia (siglos IV-V) del Imperio Romano y su civilización. Supo entender los cambios y “proyectarse” en ese momento demoledor de la Historia. Santo Tomás de Aquino, en cambio, estaba centrado en el poder dogmático de un pensamiento que fundamenta la ortodoxia medieval de la Escolástica. Todo un sistema riguroso de doctrina que inundará las universidades de la Cristiandad durante tres o cuatro siglos.

Las certezas, por lo tanto, se construyen en el vientre de estos ciclos históricos que, según el devenir del tiempo, son interpretados por el arte de los políticos de cada momento. Ciertamente hoy no hallamos voces autorizadas para la conducción de los acontecimientos y de las personas. Vivimos una coyuntura de gran decadencia de un ciclo histórico o de una civilización. Sabemos de dónde venimos, pero no a dónde vamos; los líderes –que se han volatilizado- no gobiernan las naciones, porque ni ellos aciertan a leer el “mensaje de los acontecimientos”. Sin intelectuales críticos y creativos, no caben los gobernantes serios, ni los líderes preclaros. Sin pensamiento previo difícilmente se dará la acción. Sin Marx, ni Lenin, ni Stalin hubieran sido posibles. Sin Kant o Nietzsche probablemente ni siquiera se hubiera hablado del “superhombre”, del imperativo categórico, ni de Hitler. De ahí que, como nunca, somos hoy huérfanos de pensamiento, de liderazgo y de sosiego. El ciclo histórico vence y nadie es capaz de interpretar una vía de salida o de recuperación. Ni somos Agustín de Hipona, ni menos aún Tomás de Aquino ¿Quién alumbrará la luz que nos dirija a la salida del túnel de esta Historia post- moderna?

He leído con suma atención lo que sucede en Roma y el Vaticano; un mundo que conozco profundamente por cultura, educación y familiaridad. Cada uno de los seis Papas que han marcado mi experiencia vital fueron como seis cortes interpretativos de mi cultura católica, afectando, en algún caso profundamente, mi modo de pensar: Pío XII con su mayestática visión de un mundo en guerra y conflictualismo virulento, al que trataría de otorgarle racionalidad; Juan XXIII, el Papa bueno, que revolucionó su época con grandes encíclicas y decisiones sorprendentes (¿fue realmente consciente de la dinámica que desataba la convocatoria del Concilio Vaticano IIº?); Pablo VI, intelectual afrancesado, seguidor de Jacques Maritain, pero hondamente turbado por el descontrol postconciliar que llevaría a miles y miles de sacerdotes al abandono de su sacerdocio, muriendo en la amargura que dichos abandonos y el fracaso de su idea para Italia que supuso el secuestro y asesinato de Aldo Moro, mucho más que su discípulo. Juan Pablo I, un pontificado evanescente y breve como el vuelo de una paloma, que fallece de un infarto a los 33 días de Pontificado, con el informe sobre los Jesuitas entre las manos. Juan Pablo IIº fue un cataclismo de la Historia en Occidente, el genio que derrotó al Comunismo y al sistema soviético con su “Santa Alianza” y su tenacidad polaca, tal como sus biógrafos demuestran y en particular Poletti, Bernstein, etc. con Reagan y Margaret Thatcher –y empatía tardía con Gorbachov- cambiaron el mundo y finiquitaron el siglo XX en 1989 con la caída del sistema soviético. “Splendor Solis” según las profecías sobre el Papado, fue el pontífice más universal de la Historia de la Iglesia probablemente. Quien le siguió, Benedicto XVI, el más depurado intelectual y teólogo, con todo lo que eso conlleva, acaba de dejar sobre la mesa uno de los retos simbólicos más sorprendentes de nuestro tiempo: ¿tal vez la expresión más plástica del desafío de nuestra época?

Su repentina renuncia al Papado es, para mí, algo mucho más desafiante que la crisis de civilización de nuestro tiempo: es el propio símbolo del reto de los retos, y no tan sólo para la Iglesia, sino para nuestro mundo, cuyo lenguaje cultural no acierta a dar con el diagnóstico, cuyo sistema de valores se hunde sin atisbar la alternativa. Joseph Ratzinger era un intelecto fino y clarividente, una mente que comprendía el mundo y sus contradicciones, una razón que buscaba conciliar la Fe con la ciencia. Sinceramente creo que hoy estamos un poco más huérfanos que ayer, y desde el instante en que Benedicto XVI se ha bajado del solio pontificio por propia voluntad, su “muerte civil” para la Iglesia introduce un boquete en la perspectiva de los tiempos. Su dimisión va más allá de la fatiga personal y de su edad: es el símbolo de las grandes incógnitas que nos aguardarán después, incluso, de la fumata blanca en los tejados del Vaticano.

El eclipse


Esta pasada semana la naturaleza nos ha obsequiado con un meteorito de catastróficas consecuencias en Rusia: 1.000 heridos y decenas de edificios afectados. Aquí vivimos, de un tiempo a esta parte, bajo una lluvia de meteoritos políticos, cuyo denominador común es la corrupción. No sé si el lector es consciente de que los meteoritos –y sus sucedáneos de la parábola- son parte de la desintegración de elementos astrales que se tornan amenazas tan fulminantes y definitivas como el Apocalipsis se encarga de sancionar. En política, o en la sociedad, sucede otro tanto: algo que se desintegra se proyecta como un misil sobre la ciudadanía. Ese “algo” guarda relación casi siempre con la desintegración moral de esta misma sociedad. Inicialmente, el sujeto se corrompe, y luego se suceden las etapas de la desintegración de las partes y la muerte. La metáfora enmarca el actual estado de cosas sobre la epidemia de la península ibérica que, a fuer de ser bombardeados por tantas “anécdotas” singulares de descomposición, concluiremos que ésta ya ha pasado a ser categoría según la génesis de los procesos políticos degenerativos.

Estaba escrito que este fenómeno se iba a producir. Cuando se destruye la ética –o se descompone según conveniencias parciales- la política pierde la razón de ser. Para Aristóteles, si la ética es la ciencia que busca la felicidad del hombre, la política será el modo de aplicar esta ciencia en pro de la felicidad de los ciudadanos y de la sociedad. En cambio, lo que hoy conocemos resulta ser la negación de lo anterior. El malestar social se derivará del desuso de la ética en la acción política, y del cinismo de que de lo no bueno se pueda seguir algo bueno. Nadie da lo que no tiene; por lo tanto, la maldad humana, el vicio privado, los egoísmos y las egolatrías, el afán desmesurado de poder, la ansiedad por el enriquecimiento, la inmoralidad de los procedimientos políticos o económicos, etc. comportan una destrucción del sistema y una corrupción de los modos y maneras de estar en él o de gobernar. De los hombres inmorales no pueden seguirse obras morales; de los avaros no es fácil extraer el uso generoso de los bienes; de los que roban no cabrá aguardar el bien común como objetivo final. En consecuencia, ¿de qué se sorprenden los que ahora descubren la maldad, el vicio y la corrupción?

Si España está corrompida, porque la única moral fue la del dinero fácil, Cataluña no se escapa de las consecuencias de este diluvio general. Aquí ha llovido demasiado los últimos veinte años, entre otras razones porque se suplantó la corrección en el hacer por el prófit, o provecho final. Demasiada ambición por tener; poco escrúpulo por el proceder...Y como lo de menos era el escrúpulo moral, todo cuanto proporcionare afanamiento de bienes y riquezas se convertía ipso facto en causa justificante de la utilidad. Por lo tanto se trasvasó la moral del procedimiento a la moral de utilidad (utilitarismo), una connotación usual en sociedades muy laboriosas pero escasamente  derivativas en la utilidad general, o reparto de bienes y cargas fiscales según el Bien Común. En algunos casos a éste se le aplica como justificante y cobertura de las verdaderas intenciones de los depredadores sociales ¿Son los grandes partidos de poder un instrumento de esta etiología del mal? Lo sean o no, los hechos parecen confirmarlo en muchos casos. Ni el Sr. Bárcenas, ni el caso Palau, ni los ERE de Andalucía, ni la mangancia de Bankia, ni el robo de las Cajas, ni, ni, ni....Así el sistema no puede ni progresar, ni sostenerse. Los vicios privados han destruido el paradigma público, porque sin hombre probo, justo, honrado, limpio y moral será imposible una sociedad de semejantes características. La putrefacción moral de los individuos ha contaminado las estructuras, primero, y la sociedad después. Era de ilusos esperar otra cosa. “Nadie da lo que no tiene” decían los escolásticos de la Edad Media; ergo, de la corrupción individual hemos dado en la corrupción pública. Sin hombre nuevo es insostenible toda revolución, sea ética, social o política (lo decía San Pablo y Carlos Marx). Lo que vivimos aquí y ahora es un eclipse total. Llegó la noche, y no sabemos cuándo amanecerá.



viernes, 15 de febrero de 2013

Anem per feina



     En 1902 Guillem Graell, Secretario General  de Foment del Treball, publicó un estudio sobre La cuestión catalana. Lo escribió en castellano, quizá para que en la península se entendieran las fundamentadas razones del trato a Catalunya considerablemente injusto para una burguesía industrial fiscalmente maltratada. En 1905 el clamor era universal entre las élites de la sociedad civil que exigían un trato más justo y proporcionado a la cuantía fiscal aportada a la Hacienda Pública. Tampoco fueron escuchados. En 1843 La Sociedad, revista que divulgaba el pensamiento de Jaime Balmes, ya argüía que eran dos las cuestiones pendientes de solución en Catalunya inmediatamente después de la Iª Guerra Carlista: “La de la constitución de Cataluña dentro de España, que es el más grave [problema] entre los nacionales, y el de la organización del trabajo, que es el más fundamental que hoy tiene planteada la sociedad humana”. Es decir, encaje de Cataluña en España y organización del trabajo, o su garantía ¿Tan poco se ha avanzado desde entonces? Según el profesor Jordi Nadal “Tras la guerra de sucesión [...] el país catalán renunció en el siglo XVIII a la reivindicación colectiva, esto es al autogobierno...para entregarse a la reivindicación individual en forma de éxito en el trabajo y los negocios de cada uno.  Riqueza y bienestar material en vez de cargos y honores” (Discurso con motivo de los 450 años del Gremi de Fabricants de Sabadell, 20 de mayo de 2009). La nómina de citas sería infinita. Lamentaciones y agravios que van a la par de la eterna incomprensión que los castellanos y el centralismo han prodigado durante casi tres siglos, muy al contrario  de lo sucedido con los vascos.
     El problema de fondo es, sin lugar a dudas el encaje con España, pero lo más apremiante, la necesidad de recomponer el sistema productivo, la industria maltratada por la crisis, el brutal déficit de financiación causado por los desmanes de la banca, la pérdida del 24% de los puestos de trabajo, la naciente –y amenazante- pobreza de los jóvenes, incapaces de encarrilar sus vidas profesionales, la culposa ignorancia de los compromisos contractuales en la prestación de servicios o de obras, etc. Tamaña dejadez en el impago a las empresas –morosidad escandalosa- no se corresponde con las exigencias impertérritas a la hora de los deberes fiscales por parte de estas mismas empresas lesionadas, o ahogadas, por el incumplimiento de pagos que les lleva al límite de su sostenibilidad. En el fondo de la cuestión los males son tan endémicos como en 1843, cuando La Sociedad reclamaba idénticas soluciones, o cuando en 1851 el general Prim exigió con duras palabras un trato más justo para Cataluña en el Congreso de los Diputados.
     Hoy los empresarios se lamentan de tantos males y vicios de ayer. Se indignan de la parca sensibilidad para con su dramática situación que lleva a la ruina a sus empresas, a la liquidación de puestos de trabajo y al insoportable agravamiento de la presión fiscal, más onerosa en Cataluña que en el resto de Comunidades españolas. Ante todo, se trata de un explosivo problema de justicia distributiva, de agravios comparativos con Euskadi por el concierto fiscal, y con Andalucía y Extremadura por la lluvia constante de subvenciones. Si a alguien le corresponde una alta dosis de comprensión es a los empresarios catalanes, martirizados por la banca, Hacienda y los gobiernos, y no siempre comprendidos en sus propuestas más que justificadas, antes bien distorsionando, a menudo, su voz y su discurso.  La palabra debe valer lo mismo pronunciada desde Catalunya que desde otra parte de España. Duo, si idem dicunt non est idem... (Dos, si dicen lo mismo, no es lo mismo) ¿Por qué esta dislexia? Como escribió Ortega y Gasset en “el prefacio para franceses” de La rebelión de las masas, “la palabra es un sacramento de muy delicada administración” ¿A qué se debe esa pésima “administración” de la palabra de los catalanes?
      Hora es de poner los puntos sobre las íes, de acentuar las prioridades irrenunciables, de empatizar los derechos de la economía y de los ciudadanos, de romper las barreras de la incomprensión, y de no traicionar las intenciones con manejos que tratan de adulterar la voluntad de quienes ponen en marcha determinadas iniciativas sociales, lejos de otra intencionalidad política atribuida por los que se exceden en su partitocracia o en la sacrílega invasión de los ámbitos civiles de la sociedad, que no le corresponden a la sociedad política, causante no pocas veces del origen de sus males. La intencionalidad dolosa es más propia del cristal a través del que se observa, que del color natural de las cosas. “Anem per feina” es, exactamente, un grito para que retorne el oxígeno a las empresas catalanas antes de que les falte el resuello para alcanzar el final del túnel de la crisis. Restablecer lo dañado será tarea de años y de muchísima voluntad. Descomponer ahora los escenarios de la protesta es propio de cobardes o de sometidos a la esclavitud de las prioridades de la política irreal.

Los experimentos con gaseosa

Todo lo que sucede ante nuestros ojos es generalmente fruto de unas determinadas causas, previsibles, evitables y reconducibles. Lo difícilmente reconducible, y aún menos previsible, son aquellos procesos abandonados a su suerte, bien sea por desidia, bien por erráticas estrategias que buscan la degradación interna del propio proceso social por sí mismo: de permitir que los acontecimientos maduren por sí solos. En política resulta escasamente recomendable; en gobernanza, absolutamente desaconsejable. Cuando, al fin, se pretende reconducir la situación, nadie puede evitar que el río se desborde. En política los pecados de omisión son mucho más graves que los de acción. En los primeros no cabe margen de error, en los segundos existen unos márgenes previsibles de acierto o de equivocación. Es el caso actual de la panorámica socio-política española. Mientras el Gobierno de Madrid practica el tancredismo con una sangre fría rayana en la irresponsabilidad, en el desafío se estaría produciendo una gangrena, difícilmente controlable si se entremezcla con el estallido social en ciernes. Para el desafío político se dan remedios; para el social apenas existen fármacos. Y ambos mezclados son la bomba de efectos retardados, la crisis perfecta: el conflicto. Si un representante del Estado plantea un desafío al Estado, al margen de la Ley, este representante del Estado en su Comunidad Autónoma ¿estaría prevaricando? Si un Parlamento, nacido de un Estatuto de Autonomía, que se deriva de la Constitución de 1978, proclama su soberanía marginal es evidente que ya ha empezado a cuestionar la legitimidad constitucional. Si unos partidos se empeñan en un proceso de segregación sin atender a las normas legales, es obvio que se sitúan ya irreversiblemente al margen de la Ley ¿Es legítimo levantar la bandera secesionista desde la angularidad, generando un grave conflicto institucional sin que se tengan garantías de que un 60% de la población del censo –y no de los votantes- aprueban su actitud y secundarán su acción en una hipótesis de legalidad? La Democracia tiene sus reglas, y la crisis evidente del Estado que vivimos, no puede justificar el “campi qui pugui”, a menos que se ignoren sus consecuencias sociales y el riesgo de la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española, que posibilitaría la intervención ¿Está Cataluña en condiciones, hoy, de desafiar al Estado? En una nota de La Sociedad, siguiendo los postulados de Jaume Balmes en 1843, se leía: “Es muy glorioso para Balmes, y para Cataluña muy consolador, ver a este ángel de la paz asistiendo al nacimiento de los dos más grandes problemas que tenemos planteados: el de la constitución de Cataluña dentro de España, que es el más grave entre los nacionales, y el de la organización del trabajo, que es el más fundamental que hoy tiene planteada la sociedad humana”. Ha transcurrido más de siglo y medio, y seguimos en idéntico lugar: un doble problema que, al coincidir, se torna explosivo. Ni Cataluña ha resuelto su ubicación, ni el trabajo está muy “organizado”, o garantizado, para 900.000 catalanes sin remedio en el paro. Por mucho menos llegó la Semana Trágica. Y soñar con el 6 de octubre de 1934 es “la major de les bestieses”, como repetidamente insistía el astuto Tarradellas. ¿Cómo se “organizará” el “trabajo” si nos atenemos al dictado de la crisis y al otrora tan invocado modelo del Quebec? Visitar Montreal es llorar sobre nuestro futuro o sobre su estancamiento económico. La Comissió de Fàbriques, en 1836, ante la Iª Guerra Carlista, difundió una circular a los obreros catalanes: “¿Qué sería de todas las demás provincias de España no quisieran consumir ningún género catalán, lo que harían sin duda, si Cataluña se declarase independiente?” Alguien ha confundido a Artur Mas y su círculo de aspirantes al martirio patriótico. Las decisiones son para las circunstancias, y estas no son hoy para las decisiones de tal envergadura a pesar de la cachaza y del tancredismo de Mariano Rajoy. Hay que temer a aquel que se despierta tarde. Y a 900.000 parados es difícil alimentarlos cuando, en una sociedad de clases medias e industriales como fuente de riqueza casi exclusiva, éstas empiezan a cotizar otros horizontes sin problemas de fuerte convulsión. Será de ver qué dirán los empresarios el día 14 de febrero en su convocatoria “Anem per feina”. Por el momento, el miedo habita en sus entrañas. Lo del filósofo catalán “Los experimentos, con gaseosa” y no con champagne, o cava, como quien dice.

Entrevista El Gran Debate

Don Tarcredo


    Los aficionados a los toros conocen bien esta figura: erguido sobre un cajón, aguarda la salida del toro, estoicamente inmóvil resiste la embestida de la bestia, como si fatídicamente fuera ese su destino: desconcertar al toro o soportar las peligrosas consecuencias del bicho. La tradición política española tuvo siempre sus tancredos que legaron una secuela funesta de Tancredismo, que es una manera de contemplar la política según el método liberal del “laissez faire”. La traducción franquista se formulaba con un aserto un tanto cínico: “el tiempo todo lo arregla”. Y, en el supuesto de no arreglarlo, se procedía taxativamente. Hoy en Moncloa soplan esos aires: se observa, se escucha (de mala gana con el “ay, qué lío”) y se demora el problema al modo galaico más apreciable: todo tiene remedio con el tiempo. Tancredismo pétreo.

    A mí se me hace que ni España está para tancredos, ni Catalunya admite un tratamiento semejante. Proceder de esta guisa es el pantano sin remedio; una charca maloliente, de aguas endémicamente estancadas y favores sin devolver. Es decir, de deudas históricas, de agravios enquistados, de envenenamientos sucesivos...como si la Historia en mayúsculas no se excediera en ejemplos del pasado, que conducen al deterioro social más peligroso. Los grandes retos surgieron en Catalunya desde el siglo XVIII, y la “questió catalana” de mediados del XIX no fue menor. Vicens Vives escribe: “Asociado al llamado “hecho diferencial”, o dicho de otro modo, la óptica particular según la cual Catalunya comprendía el problema español, acumuló una carga de pasión que iba a hacer saltar por los aires las instituciones de la Restauración y abrir el cauce a la revolución española” (“España contemporánea, 1814-1953, pág. 166). Es para algunos el eco de La España invertebrada de Ortega y Gasset, a  la que ahora se invoca con escenarios que se creían superados. Y  desde el tancredismo puro y duro nada se remedia, sino que propende a endurecer el conflicto entre las partes o a radicalizar el pendulazo. Ni los tancredos castellanos han sido perspicaces en le previsión de los hechos, ni la Historia de España ha dejado de ser tozuda en su repetibilidad. “Des 1898 fins a 1923 –escribe Francesc Cambó- el problema català fou la preocupació constant de tots el governants: el veritable punt central a l’entorn del qual girà tota la política d’Espanya. Ho fou encara més que no es creu, i si un dia s’escriu la veritable historia política d’Espanya en aquell quart de segle, restarà ben establert com tots els esdeveniments d’alguna importància foren provocats o influïts pel problema català” (Per la Concòrdia, 1930, pàgs. 15 i 16). Cambó ya se lamentaba entonces del desconocimiento de los factores causales de los problemas españoles en la medida en que “llur origen en intervencions catalanes, ignorades de gairebé tothom”.

    Esta incomprensión “castellana” era ya insinuada por el prudentísimo Jaume Balmes, al tratar de los apoyos que Inglaterra encontraba en España, o en determinados políticos, frente a los intereses del proteccionismo catalán en 1843: “En lo interior regia la nación Espartero –escribe en La Sociedad-, que estuvo siempre supeditado a los intereses de Inglaterra, y estaba dispuesto a aplastar a Catalunya, como lo acababa de probar con el brutal e innecesario bombardeo de Barcelona...” Y, más adelante, La Sociedad reafirma esa malquerencia al sostener que “los elementos directores económicos de Catalunya se habían desorientado también tras los señuelos de los políticos de Madrid. Ese Espartero que ahora los conculcaba había sido aclamado y ensalzado dos años antes como el salvador de la patria”.
    ¿Cómo es posible en un país civilizado no corregir las cusas del desentendimiento Catalunya-España a lo largo de tres siglos? ¿Es admisible que los gobernantes muestren una sistemática incapacidad para superar tales diferencias, acaso, irreductibles? Si atendemos a un Joan Maragall terriblemente pesimista en su opúsculo La independencia de Catalunya, advertiremos ese tancredismo insólito de la premisa de la que parte su argumentación: “El pensament español és mort”. Excluye la posibilidad: “el centre intel·lectual d’Espanya ja no te cap significació ni eficàcia actual dintre del moviment general d’idees del món civilitzat”. Su tancredismo fatalista le lleva a concluir que “hem de creure arribada a Espanya l’hora del campi qui puga, i hem de desfer-nos ben de pressa de tota mena de lligam amb una cosa morta”. Lo escribía el poeta en 1895, texto que fue recogido en El sentiment de Pàtria, volumen XIII de las Obras Completas editadas en 1932.

    Mutatis mutandis volvemos a donde siempre: ¿Es signo de inteligencia repetir la Historia y sus citas? Josep Tarradellas abundaba en que “mai els fets d’octubre de 1934 es poden repetir”. Mariano Rajoy (“ay, qué lío”) aguarda paciente los acontecimientos, al parecer sin ánimo de bajarse del cajón de don Tancredo. Artur Mas, en compañía de ERC, se ha bajado de la espera, tratando de dar con el camino de la esperanza... ¿El final? Ojalá se muera el tancredismo, por lo menos en política.